26 de noviembre de 2012

Aquellos maravillosos años

Tommy Lee, Dimebag Darrel, Axl Rose y Alice Cooper.
School's out forever.
Si ya habéis terminado de partiros la ñocla con las fotos (la de Darrell es especialmente WTF) damos el pistoletazo de salida a una entrada que llevaba tiempo mascuyando y que finalmente (y en vista de los últimos acontecimientos) he decidido lanzarme.

Como ya dije en una ocasión, la vida cuando eres adolescente tiende a ser una puta mierda. Tus hormonas se ponen de acuerdo para conspirar contra tu persona, como un eje del mal biológico, convirtiendo tu cara en un campo de batalla plagado de cráteres y secreciones como poco repugnantes, adornándolo todo con un precioso bigote grisáceo e irregular y una voz a medio camino entre el gallo Claudio y un digderidoo. Las tías tampoco se libran porque el acné es tan universal como la diarrea y encima a algunas el metabolismo les juega una mala pasada y les deja la cara como un plato de arroz a banda y los muslos como columnas corintias.

Pues eso, una puta mierda.

A eso hay que unirle que normalmente, y salvo honrosas excepciones, nos volvemos subnormales profundos de la noche a la mañana y tendemos a radicalizarnos, disfrazando de decisiones adultas actitudes que por norma general son de lo más infantil. Bueno, y luego hay peña que se le pasa la adolescencia pero siguen siendo así.

No es mi caso, o al menos eso creo, y por eso el objetivo de esta entrada es echar la vista atrás y hablar sobre algunos de los discos que me flipaban por aquella época y que en cierta medida son responsables de que hoy esté aquí escribiendo en este blog. De cómo con el paso de los años algunos me dan un poco de vergüenza ajena y de como sigo amando otros como el primer día. Pero sobretodo, hablar sobre una serie de discos que supongo que casi todos habréis escuchado y de paso, echarnos unas risas.

Doc ya tiene preparado el Delorean. Abrochaos los cinturones, porque vamos a viajar al pasado, a esas habitaciones llenas de pósters, con sillas enterradas bajo la ropa del día anterior (calzoncillos acartonados incluídos), y ordenadores sin una conexión decente a internet. Nos vamos a 2004 (año arriba, año abajo) para que conozcáis de primera mano lo que el mancebo Vinny y sus colegas devoraban sin contemplaciones nutriéndose muchas veces de productos bajos en calorías y preparando sus jóvenes cuerpos para masticar música de verdad.



Recuerdo con claridad meridiana cuando me grabé El clan de la lucha. Por aquel entonces Saratoga lo petaba cosa mala. Tras su reestructuración en 1998, la entrada de sangre joven, Vientos de guerra y, sobretodo, Agotarás, la banda estaba más en forma que nunca. Los adolescentes se alegraban por fin de poder fardar de banda de heavy metal frente a sus padres y hermanos mayores (pues aunque la banda existía desde el 95, el cambio desde Vientos de guerra sería brutal) y sobretodo de poder disfurtar de un poco de rock patrio sin ver a sus componentes arrastrarse por el escenario pidiendo a gritos ser ingresados en un geriátrico. Avalanch estaban de capa caída y WarCry aún no terminaban de convencer. Pero allí estaban ellos, dos dinosaurios del rock como eran Niko del Hierro y Jero Ramiro, junto a dos pipiolos como eran Dani Pérez y Leo Jiménez, el uno reventando a baquetazo limpio cualquier concepto de heavy que se pudiera tener por aquel entonces en España, y el otro dejándose los cojones con cada grito, alcanzando notas que hasta el momento se creían sólo alcanzables por los germanos y otros especímenes puramente metaleros. A mí se me ganaron. Supongo que tras tantísimos años de tragar pop barato yo lo que necesitaba era una buena dosis de metal que me despejara la cabeza. Y creedme que, con trallazos como Maldito corazón, Ángel de barro, Blanco y marfil, Buscando el perdón o esa balada calabragas que era Si amaneciera, se me despejó a base de bien.
¿Y ahora, casi diez años despúes? Bueno, pues la música me sigue pareciendo una auténtica genialidad, pero las letras... He de reconocer que después serían incluso peores, pero aquí ya apuntaban maneras.

La de veces que pudimos escuchar Full moon de Sonata Arctica durante aquel año. Estábamos enganchadísimos. Como los móviles por aquel entonces no soportaban mp3, uno de mis colegas decidió usar la grabadora del mismo para usar un extracto del tema como tono de llamada... Con resultados desastrosos porque mientras lo hacía nosotros jugábamos a la consola y la fanfarria victoriosa del Final Fantasy se coló de fondo. Ecliptica salió a la venta en 1999 y era el primer álbum de los finlandeses, pero nosotros lo descubrimos esos días. Aquellos ritmos tan jodidamente rápidos y tan épicos, la voz de Tony Kakko, tan joven por aquel entonces y aquellos teclados que nos recordaban tanto a nuestros venerados Stratovarius pero en plan frenéticos, me enamoraron. En plena efervescencia del power metal europeo, yo elegí, frente a otros representantes del movimiento como Kamelot o HammerFall, a los chicos de Sonata Arctica y, por supuesto, a mis amados Blind Guardian. ¿Que por qué? Joder, pues por Full moon. Y por 8th Commandment, y por Replica, y por Kingdom for a heart, y por Full moon otra vez. De verdad, aquello era una dependencia casi destructiva.
¿Y ahora, casi diez años despúes? Pues he de reconocer que los tres siguientes me gustaron bastante más y de hecho, son la razón de que aún a día de hoy, Sonata Arctica sigan siendo uno de mis grupos fetiche.

Vamos con un clásico. Que levante la mano el que nunca haya escuchado Finisterra. A ver: uno, dos, tres... Fuera, sucios mentirosos. No, esperad un momento. Que levante la mano el que nunca haya escuchado Fiesta pagana. Ahora sí, vosotros tres os podéis marchar. Vergüenza debería daros mentirme a la cara. Todo el mundo en este país ha escuchado Fiesta pagana. Ya sea en este disco, ya sea en lo que los bares de copas estándar entienden por una sesión "rockera" o interpretado con mayor o menor acierto por una orquesta en las fiestas del pueblo. Este fue otro de los que enganché con retraso, pues en el año 2000 cuando Mägo de Oz alcanzaba su punto álgido de popularidad y reconociemiento, yo era aún demasiado inocente para hundirme en este tipo de música. Por eso cuando mis púberes orejas escucharon esas letras sobre amor libre, guerras santas y festejos anticlericales, y mis ojos vieron esa caótica portada plagada de forma fálicas, los onanismos tracendieron lo físico y comenzó la masturbación mental (no por que las formas fálicas me excitasen, aunque también). La mezcla calculada al milímetro entre folk, heavy metal y hard rock llegó aquí a la sublimación, todo ello hilado una vez más mediante la imaginación de Txus (antes de que el satanismo y la poesía barata le llenasen el cerebro) contando una historia apocalíptica con grandes dosis de crítica, humor y  ensalzamiento a la vida bohemia. La puta Fiesta pagana ha terminado por cansarme y ahora, cuando suena en algún sitio, aprovecho ese tiempo para liarme un cigarro y sólo muestro algo de actividad cuando llega el sólo de guitarra y me da por emularlo. Pero teniendo pepinos como El que quiera entender que entienda, La Santa Compaña, Hasta que el cuerpo aguante, La cruz de Santiago, Maite Zaiutut o Polla Dura no cree en Dios o la homónima Finisterra, debo quitarme el sobrero ante una banda que, joda a quién joda (y probablemente sea a mí al que más) es junto a Barón Rojo, Héroes del Silencio y Extremoduro, la banda nacional con mayor repercusión fuera de nuestras fronteras.
¿Y ahora, casi diez años despúes? Sigo pensando que Jesús de Chamberí le pega cien mil vueltas, pero si algo tiene Finisterra es que sirvió como puente perfecto para que miles de chavales cruzaran hacia el rock más duro (aunque muchos, por desgracia, se quedaran en el puente). Y sólo por eso, yo me lo sigo poniendo de vez en cuando. Y disfrutándolo, por supuesto.

Con una influencia más que palpable de Judas Priest, Primal Fear entraron en el panorama metalero allá por 2001 con este Nuclear fire con una fuerza desconmensurada, tratando de llenar ese vacío de falsetes forzados y velocidades extremas que los ingleses habían dejado huérfano. Tenían actitud, desde luego, pero su afán por grabar un nuevo Painkiller (puaj) los convertía en poco más que una banda tributo a la época noventera de Halford y compañía. Eso lo digo ahora, claro. En aquel momento me pareció lo más animal que mis joven mente había escuchado jamás (alma de cántaro, lo que me quedaba por ver). Y me gustaba. Mucho. Las afiladísimas guitarras y la aún más afilada garganta de Ralph Scheppers, que se derramaban sobre el omnipresente doble bombo para relatar las barbaridades de la guerra, con mucho fuego, mucha sangre y sobretodo, mucho heavy metal. Ya con el arranque de Angel in black quedó claro que si no eras capaz de aguantar el disco entero, eras una nenaza. Y luego llegaban Back from hell y la imparable Nuclear fire para deleitarnos y terminar con ese amago de himno que era Living for metal. Allí estábamos: casi imberbes, con las melenas a media crecer y el metal pugnando con la sangre en nuestras arterias para correr libre hasta el corazón. Un hatajo de flipaos, vamos.
¿Y ahora, casi diez años despúes? Creo que les he llegado a coger un poco de tirria, para que nos vamos a engañar. La voz de Scheppers me pone de los putos nervios. Pero, eh, a mí me pones Nuclear fire y me sigo engorilando como el primer día.

Hablando de quinceañeros engorilados no podían faltar por aquí los vallecanos Ska-P. Planeta eskoria fue otro disco que cogimos con retraso (en realidad la discografía del grupo al completo) y, no tengo ningún pudor en reconocerlo, me sigue encantando. Ese sonido ska adulterado con rock, metal y reggae me resulta hipnótico. Y claro cuando eres un amago de persona y escuchas a unos tíos criticar todo lo que respira sobre guitarrazos, bajos saltarines y arreglos de viento, pues empiezas a plantearte muchas cosas y tomas todo lo que digan por verdades absolutas. Reconozco que la maleabilidad de esos años es algo peligrosa, pero en nuestro caso fue algo bueno: criados en un ambiente fundamentalmente de derechas, ese mundo tan anarcosindicalista, comunista y libertario, nos sedujo como un buen par de tetas. Y así se creó cierto equilibrio. No obstante, y ahora fuera de consideraciones filosóficas, creo que lo que tanto me gustaba y aún continúa cautivándome es la variedad y la fuerza de sus temas. Desde la antitaurina Vergüenza o la antifascista A la mierda a las combativas Naval Xixón o Eres un@ más. Desde la cruda Violencia machista a la festiva Derecho de admisión. Desde la ácida Planeta eskoria al himno a la tolerancia y la amistad que es Mestizaje. Aún recuerdo como nos encantaba enchufar este disco a todo volumen y pasearnos por la casa bailando y saltando sin parar. Hasta que un día aparecieron la hermana y la madre del Peke y nos pillaron haciendo el gilipollas en las escaleras. Madre mía, que bochorno. Pero oye, que nos quiten lo bailao.
¿Y ahora, casi diez años despúes? La cosa sigue igual. Me siguen encantando estos tíos. Puede que esté más o menos de acuerdo con lo que opinan, pero sigo pasándolo genial cada vez que los escucho. Y ojalá sea por muchos años.

Aún nos queda uno...

Estopa. Sí, no miréis hacia otro lado. Sí, seguís en Apettite for prostitution. Pero desde luego si vamos a sacar los trapos sucios, los vamos a sacar todos. Y bien sucios. Porque seguro que recordáis aquel verano canturreando La raja de tu falda. Vale, el álbum debut de los de Cornellá salió en 1999, pero a mí me apetecía hablar de él. ¿Contentos? Eso espero. Éste me lo sabía de cabo a rabo. Cada sílaba, cada nota, cada respiración. Los Estopa molaban, ostias. Eran unos tíos normales que hacían letras divertidas pero muy bonitas, socarronas pero muy románticas. Eran unos tíos que compraban en el Carrefour y luego reventaban estadios. Lo mismo te servían para un roto que para un descosido. Lo mismo se arrancaban por bulerías que  se marcaban un buen guitarreo. Eran simpáticos y en cierto modo, auténticos, pues son la brillante semilla de ese monstruo deforme que años después germinaría en "artistas" de la talla de Melendi. Eran el proto rumba rock, admiradores de Peret y de Deep Purple. Eran los putos amos. ¿O no? Y es que aunque siguen siendo unos muchachos cojonudos, no han conseguido repetir el impacto ni la calidad de éste disco. Suma y sigue, Bossanova, Cacho a cacho, la exótica Estopa, Exiliado en el lavabo, Tan solo... Y Cómo Camarón. Lo que habré sudado yo con esa canción.
¿Y ahora, casi diez años despúes? Aún de vez en cuando lo reviso. Me trae muy buenos recuerdos y me sigue dejando ese sabor de boca agridulce y nostálgico que me enamoró.

Se acabó el repaso. Ya me he puesto suficiente en ridículo. Pero todo tiene un comienzo y yo quería compartirlo con mis queridos lectores. Ahora es vuestro turno. Vamos, no seáis tímidos. ¿Qué discos os marcaron el camino? Y no vale elegir muerte.

PD: Antes de que nadie lo pregunte y, puesto que no sé si pasará por aquí para hacer leña del árbol caído y reírse un poco de mí, Alex no está incluido en ese grupo de cafres que compartimos muchos de estos discos, pues nos conocimos unos años después. Y aunque lo estuviera nunca lo reconocería. Pero yo por si acaso aviso. Que el del paladar insensible soy sólo yo, vamos.

3 comentarios:

Sergio DS dijo...

La adolescencia es una edad complicada, mi hijo mayor está empezando a bucear por ella y empiezo a comprender la putada que es para un padre. Pasará.

Con la pinta de Alice Cooper me parto.

Anna K. dijo...

Tranquilo, lo más vergonzoso que una se pueda tirar a la cara es haber coreografiado a las Spice Girls aún siendo muy pequeña... ¿puedo elegir muerte? eh eh eh...!!

Reconozco que este disco de Estopa rondaba por casa, pero era de mi hermano

También recuerdo tener muchos discos de Whitney Houston.

Suerte que junto a todo eso estaban los de Creedence, Rollings y compañías.

Besos!

Anónimo dijo...

rnrblogspot
Joder, qué puta mierda de adolescencia has vivido tío, pero que bah, la vida está para reírse y cachondearse de todo. Los Sonata Arctica simple y llanamente, me parecen un puto chiste.

Saludos!!!