28 de abril de 2014

Le temàzo XXX: Nightwish - Last of the wilds

Durante bastantes años, Nightwish fue para muchos "el grupo" de Tarja Turunen. Bien es cierto que fue la potente voz de la soprano la que llevó al conjunto a lo más alto, trascendiendo la siempre complicada frontera entre la música que existe y no existe para los medios generalistas. La presencia de Turunen en el escenario era un reclamo más que suficiente para atraer a miles de adolescentes (femeninas en su mayoría) hacia el lado oscuro. Nadie sabe el bien que le han hecho este tipo de grupos a la paridad del metal.

Pero (siempre hay un pero), para mí Tarja ha sido siempre el eslabón débil de los Nightwish originales. Ya desde la inclusión de Marco Hietala (EL hombre) y el endurecimiento del sonido tras Century child y sobretodo en Once, se hacía patente que los excesivos gorgoritos y ademanes melodramáticos de Turunen empezaban a estar de más.

Más de uno pensó que con su salida se acababa la carrera de la banda. Nada más lejos de la realidad pues Tuomas Holopainen, teclista y verdadera alma del grupo, no iba a dejar que su "bebé" se marchitara tan rápido. La decisión de contar con una limitada Anette Olzon tenía su parte buena (dejaba escuchar al resto de componentes y escuchar un disco completo no era un suplicio) y también sus cosas malas (la mitad del repertorio clásico hacía que la vocalista se ahogara), pero está claro que Dark passion play marcó un punto de inflexión en los fineses.

Lo curioso es que de entre los trece cortes que componen el debut de Olzon con Nightwish, el tema con el que más disfruto siempre es con uno instrumental (y justo detrás Cadence for her last breath, que no viene mucho al caso pero yo la recomiendo igual). Holopainen me parece un compositor excepcional que podría comerle la tostada a los grandes de las melodías cinematográficas si se lo propusiera por su facilidad para crear imágenes, para contagiar sensaciones, para estimular tu imaginación como esta maravillosa Last of the wilds que huele a bosques húmedos, prados verde esmeralda, costas embravecidas, loboso solitarios y druidas junto al fuego.

Si a una partitura monolítica como esta le añades el excepcional trabajo de Troy Donockley, parte fundamental (y alegría mayúscula) de estos nuevos Nightwish, a los vientos y a un Emppu Vuorinen en estado de gracia que aporta una tralla acojonante a base de guitarrazos, pues te queda una de esas canciones que yo me pondría en bucle una y otra vez hasta el fin de los tiempos.

1 comentario:

bernardo de andres herrero dijo...

Muy emparentado con lo que tuomas ha realizado para la historia del tio gilito. Esos toques folks son muy interesantes