13 de abril de 2014

Histeria universal: By God, sir. I've lost my leg!


Saludos, estimado lector. Me agrada que hayáis decidido uniros a mí en este viaje que hoy comienza con una anécdota que ilustra la flema de que debe hacer gala todo caballero inglés, enmarcada en una de las batallas más trascendentales de la Historia.

Field Marshall Henry William Paget
Corría el año 1815. Le Petit Caporal, en un alarde de genio, ha conseguido escapar de su destierro y regresar a Francia. Desde su desembarco en Golfe-Juan con tan solo 600 hombres, Luis XVIII no deja de enviar regimientos en su captura solo para ver cómo uno tras otro desertan para unirse a su antiguo general. De esta forma, es un ejército de miles el que entra en París siguiendo a Napoleon. Los gronards de la Vieja Guardia se han negado a escoltar al rey en su huida, y Europa vuelve a temblar ante los gritos de ¡Vive l’empereur!

Y tiembla con razón. Una Séptima Coalición une a las potencias de primera y segunda clase y declara la guerra a Napoleon. No a Francia, sino a la persona de Napoleon. Sin embargo, el ejército prusiano aun está debilitado, el inglés, unido al del recién creado Reino Unido de los Países Bajos apenas alcanza el número de hombres acordado. Los de los imperios ruso y austriaco aun están demasiado lejos. Los españoles están tan diezmados y son tan indisciplinados que son elegantemente excluidos de la fiesta por miedo a que siembren el terror en Francia buscando justa venganza por los agravios pasados.

Napoleon lo tiene claro. Si las fuerzas de los aliados consiguen unirse no podrá hacerles frente, pero separadas son débiles. Ingleses y prusianos avanzan desde Bruselas, mientras que los austriacos se las ven con Murat y avanzan desde el sur, esperando reunirse con los rusos. Todos convergen en París.

El 18 de junio, tras sendas victorias en Ligny y Les Quatre Bras, y habiendo puesto en fuga las fuerzas prusianas del Generalfeldmarschall von Blücher, Napoleon enfrenta a Wellington en un cruce de caminos cerca del pueblo de Waterlô –que pasaría a conocerse como Waterloo al adaptarse su nombre a la pronunciación inglesa tras la batalla-. Las posibilidades de Wellington no son claras. Ha sido él quien ha elegido el campo de batalla tras un riguroso estudio del terreno. Su línea se encuentra parapetada tras una leve colina, protegida por las granjas fortificadas de Hougomont y La Haye Sainte. Sabe que sus fuerzas, pese a desplegarse en una magnífica posición defensiva, no pueden hacer frente al Armeé du Nord. Su única esperanza es resistir el tiempo suficiente hasta que llegue Blücher por el flanco derecho francés.

El primer atisbo de esperanza se da cuando Napoleon decide no atacar de forma inmediata a primera hora de la mañana. Serán siete horas las que pasen hasta que sus Belles Filles escupan los 3 cañonazos de rigor que declaran el comienzo de la batalla –era tradición que el atacante avisara con estos tres disparos iniciales, ante todo, eran caballeros-, pero a partir de entonces la batalla es terrible.

Nos ahorraremos, muy a mi pesar, los detalles de la batalla, de los que ya hablaremos en alguna otra ocasión. Baste decir que la infantería aliada, formada en cuadros, consiguió hacer frente a múltiples cargas de la caballería francesa hasta el punto de que ante la desesperada petición de más tropas para continuar los ataques del Maréchal Ney a Napoleon, este respondió con aquel famoso “¿Y de dónde quiere que las saque? ¿Quiere que las fabrique?”

Y aquí es donde entra en la historia nuestro bravo caballero inglés. Lord Henry Paget, Earl of Uxbridge. Al frente de la caballería inglesa en Waterloo, ya había demostrado su valía en España, y se había ganado su reputación como uno de los mejores comandantes de caballería de la época.

Al verse sobrepasado por las columnas francesas, Wellington manda a la caballería pesada de Uxbridge que protagoniza una de las mayores y más gloriosas cargas de caballería de la historia, consiguiendo desbaratar el ataque francés. Pero si los dragones ingleses eran conocidos por algo, era por su irresponsabilidad. Dejándose llevar por la situación, la caballería persigue al enemigo más allá de los límites de la sensatez, poniendo en peligro toda la batalla. Las unidades francesas se reagrupan y algunos regimientos de lanceros cargan contra los ingleses, siendo muchos masacrados. 

Por suerte, se salva la situación y en el flanco derecho francés ya se divisan claramente las fuerzas prusianas. La batalla se ha alargado demasiado. Napoleon se ha visto incapaz de romper el frente inglés, y ahora su flanco es amenazado. En el momento decisivo, decide jugar su última carta. Mientras se ve obligado a desviar un ala de su ejército para detener a Blücher, la Vieja Guardia ataca. Jamás le ha fallado, su Guardia Imperial está formada por los mejores hombres del Imperio, algunos llevan más de 15 años luchando a su lado, son una fuerza temible que solo utiliza en casos de extrema necesidad. Es su última fuerza de élite.

Mientras tanto, la línea de Wellington se prepara para hacer frente a la nueva embestida con todo lo que le queda, que no es mucho. Prácticamente todo su estado mayor ha sido herido o muerto. Solo él, que parece estar protegido por alguna fuerza superior, y Miguel de Álava –el comisionado español que a efectos prácticos ejercía de QMG, del que también hablaremos en otro momento- conservan intactos sus caballos y sus pellejos.

Sin embargo, la situación francesa es insostenible. Las columnas que cargan contra la línea inglesa ven cómo su flanco derecho está perdido y huyen. Incluso la Vieja Guardia, que jamás había sido derrotada, se retira manteniendo el orden y la disciplina al principio, y dejando caer sus armas al final. Los franceses huyen en desbandada, abandonando armas, munición, carros, e incluso la mayor parte de la artillería.

Wellington y su estado mayor tras la victoria
Ante ese panorama, Wellington avanza para reunirse con Blücher. El campo de batalla está sembrado de muertos y heridos agonizantes. Él cabalga junto con Álava y Uxbridge, y los pocos oficiales aun con vida, cuando el que según se dice fue el último disparo de la batalla resuena. Un cañón ha sido disparado mientras Wellington y Uxbridge charlaban, alcanzando la bala la pierna de este último.

- By God, sir, I’ve lost my leg! –exclama Uxbridge

- By God, sir, so you have! –replica Wellington

Y en efecto, su pierna tuvo que serle amputada. El hombre que se había distinguido en tantas valientes y arriesgadas cargas de caballería perdía la pierna con la mayor serenidad. Como aquel que, tomando el té, se percata de que una molesta mosca le está incomodando. 

También se dice que durante la amputación sonrió y dijo “He tenido una vida larga. He sido un galán estos cuarenta y siete años, y no sería justo para los jóvenes que lo siguiera siendo”, y que durante el procedimiento comentó que “ese cuchillo parece algo embotado”.

Ese “privilegio” de ser alcanzado por el último disparo de la mayor batalla de la época, le valió el reconocimiento y la guasa de sus congéneres. Se escribieron poemas en su honor –o en el de su pierna, para ser exactos-, y se le ofreció una pensión anual en compensación por su pérdida. Rechazó esta compensación, y se le atribuyen aquellas palabras de “¿Quién no perdería una pierna por tal victoria?”.

Pierna de Lord Uxbridge en el Household Cavalry Museum de Londres

2 comentarios:

bernardo de andres herrero dijo...

Flema y honor ante todo

Javier de Gregorio dijo...

Magnífico e interesante relato, y sí, esperando esa entrada sobre Miguel de Alava. Por cierto, ¿cual es el significado de QMG?
Saludos,
JdG